Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¿Pero ella de dónde puede saber algo? Jamás sale de su casa.

—No lo sé, pero mire vuestra merced, por el hilo se saca el ovillo; vuestra merced es joven y anda por todas partes, y de lo que voy a referirle puede sacar partido. Esa dama me ha sido encargada por la corte de España, y la vigilo en cuanto es posible: ahora hace pocos días que he sabido que trata ya de casarse con un don… don… Guillén de… no recuerdo.

—De Pereyra —exclamó don Lope.

—El mismo: ¿lo sabía vuestra merced?

—No señor.

—Yo no le conozco; pero según me dicen es un perdido.

—Efectivamente.

—Pues bien, quizá por ese conducto sepa ella algo.

—Indudablemente, señor, y puesto que debo hablar a V. E. con franqueza, le diré, que ese don Guillén fue el que robó las cajas del marqués de San Vicente, en las que venían sus papeles, y los cuales quisimos escapar de las manos de la Audiencia.

—Pero ese robo ha costado al rey dos soldados.

—En cambio, señor, nosotros nos decidimos, por temor de que entre esos papeles viniera alguno que pudiera comprometer a S. E. el señor virrey.


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