Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Y habÃa algo? —preguntó inquieto el virrey.
—No señor, pero yo he depositado esos papeles en poder de doña Laura: don Guillén, lo recuerdo ahora, me los entregó y me acompañó hasta la puerta de la casa de la dama, y me esperó allÃ; es claro que advirtió que allà dejé esos papeles, porque a pocas noches la casa ha sido asaltada, doña Laura ha desaparecido, y ese hombre se casa con doña Inés, y ella promete hacer grandes revelaciones; señor, no hay duda, doña Inés ha dirigido el robo de esa casa, y ella sabe adónde está doña Laura.
—Indudablemente.
—Es preciso que V. E. mande aprehender a esa mujer.
—No haré tal, que serÃa una locura; cualquier cosa que intentara yo hoy sobre esa dama, causarÃa vehementes sospechas a la Audiencia y precipitarÃa un desenlace desagradable. ¿Es verdad?
—Es verdad, señor ¿pero qué hacer?
—Piense vuestra merced, en lo que ha de ser; pero en nada me mezcle a mÃ, porque me perderÃa, y se perderÃa vuestra merced con la falta de mi apoyo que puede serle de mucha utilidad.
—Es verdad, señor.