Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Como particular tiene aún vuestra merced mil medios de conseguir lo que desea; yo cumplo con advertirle lo que hay.

—Y yo le agradezco a V. E. en el fondo de mi corazón.

Don Lope permaneció aún algún tiempo hablando con el virrey y después salió meditando el partido que debía tomar.

Llegó a su casa, se encerró en su aposento y no quiso ver a ninguno de los que fueron en la tarde a buscarle, a pesar de que entre ellos, llegaron el padre Lozada y don Gonzalo de Casaus, solicitando hablarle para un negocio grave.

Cuando cerró la noche, don Lope se ciñó una espada, una daga y dos pistoletes, se embozó en una gran capa, se caló un ancho sombrero y salió a la calle.

Tomó el rumbo del norte de la ciudad y comenzó a caminar apresuradamente.

Llegó por fin al barrio de Tlaltelolco, y vacilando algunas veces sobre la dirección que debía seguir, deteniéndose y avanzando luego, llegó por fin a la casa arruinada en que vivía el Camaleón.


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