Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Aquà es —dijo don Lope deteniéndose delante del edificio y examinándolo con cuidado— sÃ, aquà es; sólo una noche he venido, la noche en que me entregaron los papeles… pero sÃ… esa puerta a medio tapiar, esos maderos cerrando la entrada… aquà es… y en todo caso ¿qué pierdo con entrar?
Acercóse a la entrada, que estaba completamente cerrada aquella noche con algunas vigas; tomó una piedra del suelo y llamó decididamente con tres golpes.
Don Lope era un hombre resuelto y además estaba desesperado; pero a pesar de todo, cuando oyó ruido en el interior de la casa, sintió algo semejante al pavor.
La noche estaba negra, el lugar desierto, y aquel edificio no era para infundir confianza a un hombre de bien.
—¿Quién va? —dijo una voz de hombre por dentro.
—Un amigo —contestó don Lope; pero como para probar que no decÃa la verdad, retrocedió dos pasos y puso mano al estoque.
—¿Quién sois y qué queréis? —dijo el de adentro.
Don Lope no supo qué contestar; pero le ocurrió que puesto que don Guillén le habÃa llevado a aquella casa, su nombre debÃa ser allà una especie de pasaporte, y contestó sin vacilar.