Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Sí señor, recuerdo —contestó el Camaleón— la noche que entregamos los papeles del Tapado que vino vuestra merced con ese Señorito a quien Dios confunda.

—¿Quién es el Señorito?

—El mismo a quien vuestra merced llama don Guillén.

—¡Ah!… pues bien; esos papeles los he llevado yo a depositar a una casa, a la casa de una dama; el Señorito, como vosotros le llamáis, pudo advertirlo, y esa casa ha sido asaltada pocas noches después.

—Pues no debe ni dudar vuestra merced, él ha hecho todo; encontraría quién le comprase el secreto y lo vendió; sea, ésa es la costumbre, jugar con dos barajas.

—Mi objeto, pues, al venir aquí, ha sido preguntaros, si podríais decirme ¿quién asaltaría esa casa?…

El Camaleón y el Pinacate se miraron entre sí, como consultándose mutuamente si contestarían por la afirmativa; don Lope lo advirtió y quiso remover sus escrúpulos.

—Debo advertiros —dijo— que empeño mi palabra de que no perseguiré ni intentaré nada contra los asaltantes; por conducto vuestro me entenderé con ellos para que me den nada más una noticia que necesito.


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