Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¿Aquí, o allá dentro? —preguntó el Camaleón.

—Como os convenga.

—En donde su merced disponga —replicó el Camaleón, tomando un aire de respeto—, allá estaremos solos, y al abrigo del aire y de los curiosos… no desconfíe vuestra merced; somos de palabra.

—Iría yo con vosotros a cualquiera parte, y sin armas —contestó don Lope marcialmente— vamos adentro.

—Pues sígame vuestra merced —dijo el Camaleón entrando por delante.

Don Lope le siguió, y el Pinacate cerró la entrada de la casa.

Subieron la escalera y llegaron a la estancia en que vivía el Camaleón.

Sobre una piedra ardía un velón de cebo iluminando débilmente aquel extenso aposento.

—Puede sentarse vuestra merced y hablar —dijo el Camaleón, señalando a don Lope un grueso madero que servía de silla.

Don Lope se sentó, y el Camaleón y su compañero hicieron lo mismo.

—¿Recordáis haberme visto otra vez? —preguntó don Lope.


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