Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Culpa mía es —contestó don Lope sin acometer, pero permaneciendo en guardia— que creía deciros el nombre de un amigo vuestro.

—Dios nos ampare que ese hombre fuera nuestro amigo —dijo el Camaleón.

—Pues él me ha traído una noche a hablar con vosotros…

—Puede ser muy bien; pero ya las cosas no están como estaban.

—Será como vosotros queráis, por ahora sólo os aseguro a fe de caballero que si vuestra desconfianza nace de que venga yo de la parte de don Guillén, podéis estar tranquilos que no es verdad.

—¿Y qué garantía tenemos de que no nos engañáis ahora?

—El asunto que tengo que comunicaros, si queréis hablar.

—Hablemos, pero guardad el estoque.

—Antes vosotros los puñales.

—Al mismo tiempo todos, y por la fe de cristianos que no haya felonía.

—Por la salud de nuestras almas —dijo don Lope envainando su espada.

—Amén —contestaron a un tiempo el Camaleón y el Pinacate guardando sus puñales.

—Ahora hablemos —dijo don Lope acercándose a ellos.


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