Las dos emparedadas

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IV

De lo que pasó con don Lope y los bandidos en la casa de Tlaltelolco

Don Lope, al verse agredido repentinamente, dio un salto hacia atrás, y desnudó el estoque.

Los asaltantes no eran más que dos armados de puñales, y don Lope, diestro en el manejo de las armas, los puso a raya con la mayor facilidad.

Al principio pensó en matarlos, y fácil le hubiera sido, porque aquellos hombres malamente se defendían; pero casi en el momento reflexionó, que aquel ataque provenía sin duda de que se había presentado en nombre de don Guillén, y que sobre todo aquellos mismos que le atacaban podrían darle noticias de doña Laura; además, los enemigos parecían a cada momento menos encarnizados, bien porque no consiguieran matar a don Lope en su primera arremetida, o bien porque se convencieron de que era muy superior a ellos en destreza.

Don Lope quiso aprovechar el desmayo de sus contrarios, y entrar en tratados con ellos.

—Teneos, mal nacidos —les decía— ¿por qué me atacáis así, cuando apenas me conocéis?

—Bástanos saber de la parte de quién vienes, para tenerte mala voluntad —dijo el Camaleón retirándose.

—Y desconfianza —agregó el Pinacate imitándole.


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