Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Tenéis inconveniente en venir mañana temprano para que os muestre una, y me digáis si es ella?
—Ninguno.
—Bien: entonces mañana a las ocho de la mañana os espero en catedral, en la puerta de en medio, de las que miran a la plaza.
—No faltaremos.
—Tomad —dijo don Lope dando una bolsa llena de dinero al Camaleón.
—Gracias, señor; por supuesto nada diga vuestra merced al Señorito.
—¡Dios me libre!
—Muy bien, pues no faltaremos.
—Adiós —dijo don Lope levantándose.
El Camaleón tomó el velón de sebo y salió por delante alumbrando ceremoniosamente a don Lope.
AsÃ, llegaron hasta la puerta.
—Con que adiós, y no olvidarse de la cita —dijo el joven embozándose en su larga capa.
—Pierda vuestra merced cuidado —contestó el Camaleón.
Don Lope se alejó, y el Pinacate volvió a cerrar.
—Perfectamente —exclamó con alegrÃa el Camaleón— de un avÃo dos mandados; ganamos aquà una buena propina y nos vengamos del Señorito.