Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Que para mà es lo principal —contestó el Pinacate.
—¿Sabes lo que se me ocurre?
—¿Qué?
—Que no me parece difÃcil, que la dama que nos llevó a la calle del Reloj, sea la misma con quien tenÃa amores el Señorito, en la casa adonde nos puso el plan.
—¿En la casa del marqués?
—SÃ.
—Es verdad, y esa dirección tomó la canoa.
—Ni duda.
—¿Pero qué serÃa capaz de ser tan felón?
—Parece que no le conoces.
—Entonces, ha hecho viaje redondo con nosotros.
—¿Cómo?
—AsÃ, nos llevó a quitar los papeles del Tapado, y nos vendió; supo adónde estaban, y nos llevó a robarlos al mismo a quien se los habÃa vendido; luego nos llevó a asaltar la casa de la misma dama a quien habÃamos ayudado la vÃspera, y por último allà nos quiso robar y matar a nosotros para quedarse con todo él solo; de modo que por un dÃa ayudaba a uno en una empresa, para asaltarlo al siguiente.
—De veras que este hombre sà es malo, y descreÃdo.
—Preciso será matarle.