Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Pues qué, se hacen sin su consentimiento? —replicaba la vieja.
—No, pero hay que distinguir entre consentimiento y permisión, que no todo va a decir lo mismo; escúcheme vuestra merced, señora.
El beato se engolfó en una disertación teológica, y don Lope viendo que de allí nada sacaba siguió adelante.
—¿Conque judíos? —decía una muchachilla no mal parecida a un fraile de la Merced.
—No judíos, hija, judaizantes.
—¿No es lo propio?
—No, mira, judíos son los nacidos en Judea.
—Entonces Jesucristo era judío.
—Por supuesto.
—¡Jesús nos asista! No diga vuestra merced eso, padrecito, que lo puede oír alguno del Santo Oficio…
—Adelante —pensó don Lope.
—¿Quién lo hubiera creído? —decía una vendedora de juiles a otra mujer— tan bonita la señora.
—¿Queréis darme razón qué ha pasado aquí? —le preguntó don Lope.
—¿Pues qué no lo sabe su merced?
—No, acabo de llegar, y nada sé.