Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—No temáis: vamos nada más que a colocarnos frente a la casa de la dama, porque a esta hora sale a misa: me detendré a hablarle y a preguntarle por su salud, y tendréis tiempo y oportunidad para mirarla; obra será todo de un momento.

—Perfectamente.

Siguieron avanzando, y al torcer la esquina de la calle en que vivía doña Inés, advirtieron enfrente de la casa de ésta gran número de personas que hablaban con calor y miraban a la puerta y a las ventanas.

—Alguna cosa extraña pasa aquí —dijo don Lope— ¿queréis seguir adelante o esperáis a que yo vaya a reconocer?

—Iremos todos, que yo creo —contestó el Camaleón— que no les será fácil a los alguaciles el reconocernos.

Los tres llegaron hasta donde estaba la gente, procurando oír sus conversaciones y descubrir algo de lo que todos miraban.

Pero las puertas de la casa estaban cerradas lo mismo que los balcones, y de esto nada infería don Lope, procuró pues escuchar lo que decían las gentes.

—¡Ave María Purísima! —exclamaba una vieja que hablaba con un beato— ¿y cómo consentirá Dios semejantes cosas?

—Dios no lo consiente —contestaba el beato.


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