Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Como vuestra merced lo ordene —contestó el Camaleón.

Y los tres dieron la vuelta y se dirigieron para la casa de don Lope.

Caminaba el joven pensativo, y los dos truhanes le observaban cuidadosamente.

—Veo —le dijo de pronto el Camaleón— que a vuestra merced le puede mucho el que no encontremos a esa dama.

—Sí —contestó don Lope.

—¿Y todo el interés de vuestra merced al buscarla, era para saber de la otra?

—Todo mi interés es ése.

—Pues nada se ha perdido entonces.

—¿Cómo?

—Sí, porque nos queda un modo de averiguarlo: el Señorito lo sabe tan bien como la dama.

—¿Y si no lo quiere decir?

—Le obligaremos.

—Pero puede resistirse.

El Camaleón y el Pinacate se sonrieron desdeñosamente.

—¿Por qué os reís? —preguntó con extrañeza don Lope.


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