Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Porque parece —contestó el Pinacate— que aún no le ha salido el colmillo a vuestra merced, nosotros tenemos medios de hacer cantar a cualquiera, y mejor que la Inquisición.
—¿Pero qué medios son ésos?
—Tanto asÃ, no diremos; que se nos entregue al Señorito, que se nos pague bien, y le sacaremos del buche cuanto sea necesario.
—Pagaré bien; pero no entrego al Señorito; vosotros le buscaréis.
—Es igual para nosotros: ¿qué desea saber vuestra merced?
—Nada más el paradero de la dama robada en la calle del Reloj.
—¿Y cómo se llama vuestra merced?
—Os lo he dicho, don Lope de Montemayor.
—¿Y conoce a vuestra merced el Señorito?
—Me conoce.
—¿DesconfÃa de vuestra merced?
—Creo que no.
—Bueno, entonces vamos a probar fortuna: ¿puede vuestra merced ir esta noche a nuestra casa de Tlaltelolco?
—¿A qué hora?
—A las once.
—SÃ.