Las dos emparedadas

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—Pues nosotros tuvimos certeza del negocio, y además el oidor don Frutos prometió, que anoche precisamente daría noticias importantes que le iban a ser comunicadas respecto del robo de los equipajes del marqués de San Vicente.

—Fácil le hubiera sido.

—Y demasiado, porque doña Inés debía casarse próximamente con don Guillén de Pereyra, el mismo hombre que entregó los papeles a vuestra merced.

—Exactamente.

—La situación era grave, y necesario de todo punto deshacernos de esa mujer que podía de un momento a otro precipitarnos y perdernos; matarla habría sido una mala acción, y además hubiera podido excitar las sospechas…

—¿Qué se hizo pues?

—Ocurriósenos un arbitrio; buscar un apoyo contra el cual no pudiera luchar la Audiencia, y pensamos en el Santo Oficio.

—¿En el Santo Oficio?

—Sí: su jurisdicción es tan respetada y tan temida que nadie se atreve a oponérsele, ni a pensar siquiera en arrancarle un reo, y doña Inés está ya en las cárceles del Santo Oficio.

—¿Pero cómo?


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