Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De la plática que hubo entre don Lope y don Gonzalo y otras cosas que se verán
—Bendito sea Dios —dijo don Gonzalo— que se encuentra a vuestra merced en su casa; que ayer tarde y aun anoche repetidas veces le hemos buscado.
—¿Tanto le interesaba a vuestra merced el encontrarme?
—Mucho, y por mi relato podrá conocerlo vuestra merced fácilmente; hace ya algunos dÃas que se susurraba en la ciudad, que una dama principal hacÃa denuncias a la Audiencia, acerca de todo cuanto nosotros tenÃamos dispuesto y arreglado; tales voces llegaron hasta nosotros haciéndonos formar mil y mil conjeturas; como sabéis tenemos amigos en la Audiencia misma, y ayer en la mañana uno de estos amigos nuestros llegó a avisarme que don Frutos Delgado habÃa confesado a sus compañeros que la dama en cuestión era doña Inés de Medina…
—Lo sé ya.
—¡Cómo! ¿Lo sabÃa vuestra merced, y nada habÃa dicho, cuando el peligro era tan inmediato?
—Hasta anoche lo supe, y por esa razón no me encontraron aquà vuestras mercedes anoche, porque andaba en averiguación de ese y otros crÃmenes cometidos por esa dama.