Las dos emparedadas

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Pero el gemido se repitió una, dos, y varias veces, y entonces ya no tenía nada de voz humana, era una especie de berrido de animal, era la expresión de un espantoso martirio.

—¡Le están martirizando! ¡Le están martirizando! —decía fray Ángelo, y sin recordar ni dónde estaba, se paseaba agitado por su prisión, como buscando una salida.

Los gemidos y las quejas, mezcladas con horribles maldiciones, seguían.

Fray Ángelo se lanzó sobre la puerta, quiso abrirla, pero le fue imposible; volvió buscando entre la oscuridad un palo, una piedra, algo con qué golpear, y entonces notó que en uno de los ángulos del aposento y cerca del piso había en el muro un agujero.

El tiempo o algún animal lo había hecho. Fray Ángelo conoció que podía ensancharlo y salir por allí; en efecto, con poco esfuerzo cedieron algunas piedras, pasó la cabeza y arrastrándose, salió.

Estaba en el campo.


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