Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Aquí —dijo uno de aquellos hombres, abriendo una puerta—, pase vuestra merced, padrecito, no más que por un rato.
Fray Ángelo comprendía que no había más que obedecer, y entró humildemente.
La puerta volvió a cerrarse, y conoció que por fuera la aseguraban.
En los primeros momentos fray Ángelo se quedó sin moverse; no conocía el lugar en que estaba, y no se atrevía ni a dar un paso; tenía delante de él el rostro pálido y angustiado del hombre que iba a morir.
El aposento en que estaba correspondía en el piso bajo al que acababa de dejar en el alto y oyó las pisadas de sus conductores que andaban por arriba.
—Quizá ya le habrán muerto —exclamó—, pero como el infeliz tenía mordaza, no habrá podido ni quejarse. Dios haya recibido su alma.
—Y se puso devotamente a rezar.
De repente un grito agudo y lastimero, un gemido arrancado por un dolor inmenso, se escuchó en el aposento de arriba.
Fray Ángelo se estremecía de horror.
—¡Bárbaros! ¡Bárbaros! —grito—, le habéis matado.