Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Y los dos se acercaron al padre.

—Vamos —dijo uno tomándole de un brazo y apartándole de allí.

El hombre atado volvió el rostro, miró alejarse a fray Ángelo y lloró.

—¿Ahora me conduciréis hasta el lugar en que me encontrásteis? —dijo fray Ángelo.

—Dentro de un momento, porque no podemos perder el tiempo con ese.

—Es que yo no puedo presenciar un crimen tan horrible.

—Nada presenciará vuestra merced, y sobre todo el hombre no es un inocente; merecía la horca como nadie.

—Pero vosotros no sois la justicia.

—Es verdad, no somos la justicia, pero nos la sabemos hacer por nosotros mismos.

—Reflexionad.

—Ya basta de sermones.

—El que a hierro mata a hierro muere; no lo olvidéis.

—Porque no lo olvidamos va a morir así ese infame.

En esta conversación habían llegado al pie de la escalera. Fray Ángelo extrañaba que no le vendaran los ojos a pesar de que aquello estaba sumamente oscuro.


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