Las dos emparedadas
Las dos emparedadas El hombre cerró por algún tiempo los ojos, y luego los abrió haciendo un movimiento de afirmación con la cabeza.
—¿Se arrepiente de todo corazón de haber ofendido a su Dios y Señor, que por su infinita bondad le ha dado vida hasta el día de hoy?
—Sí —dijo el hombre con la cabeza.
—¿Espera en su misericordia que todos sus pecados le serán perdonados?
—Sí —volvió a hacer el desgraciado.
—Haga interiormente y con toda la fuerza de su alma un acto de contrición, y ofrezca a Dios su sacrificio, en remisión de sus grandes culpas.
El hombre cerró de nuevo los ojos como para recogerse en su espíritu, y fray Ángelo comenzó devotamente a murmurar en voz baja la fórmula de la absolución.
Los dos que le habían conducido le contemplaban sin perder ninguno de sus movimientos, así se pasó como media hora.
—Creo que se han dormido —dijo uno—, porque el padre no echa la bendición.
—Ni creas que la eche —contestó el otro—, porque he oído decir que en estos casos no se echa bendición, porque era como hacer señal de que ya se podía…
—Entonces lo quitaremos.
—Sí, porque ya acabó.