Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Los dos bandidos no contestaron ni dieron muestras de obedecer; permanecieron como si nada hubieran escuchado.

—Prendedles en nombre del rey —dijo el alcalde a los que le acompañaban.

Dos alguaciles, con ese valor que podía llamarse de oficio, se arrojaron sobre el Camaleón y su compañero.

Pero aquella acometida les fue funesta: uno de los alguaciles rodó por tierra herido de una puñalada, y el otro retrocedió espantado.

—¡Favor a la justicia! —gritó el alcalde— ¡favor a la justicia!

Los demás alguaciles comprendieron lo que pasaba; desenvainó el alcalde su tizona, y los de la ronda pusieron en ristre sus chuzos, y comenzó el combate.

Los vecinos, que por curiosidad se habían agregado a la ronda para ver el fin de la escena y que habían llegado hasta allí con ella, no se mantuvieron como fríos espectadores, sino que quisieron también auxiliar a la justicia, y por no ser menos que los alguaciles, hicieron llover sobre los asaltados cuantas piedras y trozos de madera había en la estancia.


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