Las dos emparedadas

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Esta clase de hostilidad surtió mejor efecto que la arremetida de los alguaciles, y cuando aún ningún chuzo había tocado a los bandidos, el Camaleón había caído privado de sentido, al recibir el choque de una vigueta lanzada por el robusto brazo de un paisano, la que le abrió el cráneo.

Después de esto, el triunfo fue completo; preso y atado el moribundo Camaleón, el Pinacate dejó de resistirse, y varios chuzos le clavaron en su cuerpo.

La victoria quedó por el alcalde, que salió de aquella casa cuando ya alumbraba la luz de la mañana, conduciendo entre filas cuatro camillas hechas provisionalmente allí.

En la primera iba el alguacil herido, en la segunda el Señorito, que apenas podía moverse por las horribles quemaduras que tenía en su cuerpo, y en las otras dos el Camaleón, que expiró al salir de su casa, y el Pinacate fuertemente apaleado y con cuatro o cinco heridas de chuzo.

Fray Ángelo, por «el qué dirán», se apartó de aquella triste comitiva; pero fue siguiéndola, sin embargo, a lo lejos, hasta que la miró llegar a la cárcel de la Audiencia.

Entonces se acercó al alcalde, y dándole las gracias por el servicio, se despidió de él cortésmente.


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