Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¿Y a dónde se encontrará a vuestra merced, señor, en caso de necesitársele? —preguntó el alcalde.

—Todos los días en el calabozo del marqués de San Vicente.

—¿Del Tapado?

—Sí, señor alcalde.

—¿El nombre de vuestra merced?

—¡Fray Ángelo!

—¡Ah! ¿Es vuestra merced el que vino de España como confesor de don Fernando de Valenzuela?

—El mismo.

—Es decir: ¿desterrado por Su Majestad, llegó aquí vuestra merced?

—Sí señor.

—¿Y por qué desterraron a vuestra merced?

—Con mucho gusto se lo referiría yo al señor alcalde, pero en otro día porque hoy el cansancio y las emociones que he sufrido anoche, casi casi, me han enfermado.

—Tiene razón vuestra merced; retírese, al fin que no será el último día en que nos veamos.

—Espero en Dios.

El alcalde entró a la cárcel y fray Ángelo se retiró a descansar.


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