Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Don Lope miró apasionadamente a la dama y dos lágrimas rodaron por sus mejillas.

Doña Laura le miró con atención, vio que lloraba y se acercó a él poniéndole cariñosamente un brazo sobre su hombro, y le dijo con una voz muy dulce.

—¿Por qué lloras? ¿Lloras por mí? ¿Porque ya he muerto? Pero si yo no te conozco, no te conozco… ¿Quién eres? Tú no eres don José de Mallades… tú… ¡Ah! el espíritu que viene por mí… ya no quiero caminar… estoy muy cansada, muy cansada… si vieras lo que he caminado…

Peregrinando tierras,

Surcando mares negros,

Vientos examinando

De extraños climas registrando el fuego.

Del uno al otro polo.

»Camino… camino, camino, sí, porque a ti te lo voy a confesar en secreto… porque no me escuchen esas… yo soy el alma de Fernando de Valenzuela… ¿lo crees?

Y doña Laura lanzó una carcajada y rechazó bruscamente de su lado a don Lope.

El joven se enjugó las lágrimas, y sin decir una sola palabra salió tristemente de la estancia.

Sólo Dios podía volver la razón a la pobre mujer que la había perdido a fuerza de sufrimientos.


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