Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Sigue de alivio; pero está sentenciado ya, y casi es seguro que le ahorcarán.
—¿No habrá remedio?
—Se ha ocurrido a España en busca del indulto; pero se supone que Su Majestad no lo concederá…
—¡Pobre marqués! ¡Dios le tenga de su mano!
Don Gonzalo se despidió y don Lope volvió a quedar solo.
Entonces se dirigió a la puerta que cerraba la estancia en que se oÃa la voz de doña Laura, y entró.
La dama vestÃa un traje negro completamente suelto de la cintura, lo que la hacÃa aparecer más alta; su palidez era espantosa y sus ojos tenÃan el brillo siniestro de los ojos de un gato rabioso. Flotaba su hermoso pelo sobre sus hombros, y su boca se contraÃa con una sonrisa nerviosa.
Al ruido de la puerta por donde entró don Lope, doña Laura volvió el rostro y lo miró con extrañeza.
—¿Sigue mejor? —preguntó el joven a una de las dos esclavas que estaban allà acompañando a la dama.
—Lo mismo, mi señor —contestó la esclava— ya ve su merced que no hemos conseguido que se deje peinar.
—No hay que impacientarla; por la buena, con dulzura… ¡pobre señora!