Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Como no habÃa más datos que la simple denuncia, el fiscal del Santo Oficio nada pudo pedir contra ella; sin embargo, sus bienes han sido confiscados y puede no salir de las cárceles en mucho tiempo.
—Quisiera alcanzar un favor de vuestra merced.
—Si está en mi mano.
—Creo que sÃ.
—DesearÃa comprar la casa en que vivÃa doña Inés.
—¿Y qué ganarÃa con eso vuestra merced? Es una casa vieja, ruinosa y triste.
—La conozco, pero tiene para mà recuerdos que desearÃa conservar.
—Comprendo, comprendo.
—¿Cree vuestra merced que se podrá conseguir?
—Fácilmente respondo de ello, y téngala ya por suya vuestra merced.
—Lo agradezco en el alma, ¿y cree vuestra merced que tardará mucho tiempo en salir de las cárceles doña Inés?
—Un año, poco menos.
—Cuando sea puesta en libertad, ¿me avisará vuestra merced?
—También delo por hecho vuestra merced.
—En cuanto al marqués de San Vicente, ¿qué se dice?