Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Don Gonzalo puso toda su atención y oyó en la estancia que estaba cerca de la sala una canción triste y monótona, que terminó con una risa convulsiva.

—¿Y qué es eso? —preguntó estremeciéndose— ¿quién canta, quién ríe de esa manera que da miedo?

—Ella.

—¿Ella? ¿Y quién es ella?

—La dama que iba yo a buscar.

—¿Es decir…?

—Que está loca.

—¡Loca! ¡Loca! ¿Pero cómo?, explíquese vuestra merced.

—Yo mismo no lo comprendo, gracias a la llave que me proporcionó vuestra merced, pude penetrar en la casa de doña Inés, y allí en una bodega encontré a esa desgraciada.

—¿Presa…?

—Emparedada.

—¡Qué horror!

—Sí, horror, y si por ventura no llego tan a buen tiempo, quizá la infeliz hubiera muerto de hambre.

—Dios inspiró la idea de ir a vuestra merced.

—¡Sí, Dios, Dios!

—Pero esa doña Inés es un monstruo abominable…

—¿Y qué ha sido de esa víbora?


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