Las dos emparedadas

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En que se da razón de doña Laura, de doña Inés y de don Lope de Montemayor

Entró en la mañana don Gonzalo de Casaus, a la casa de don Lope de Montemayor y sin preguntar al portero, tal era la seguridad que tenía de encontrar al joven, subió la escalera, penetró en la antesala que encontró abierta y llegó a la sala en que acostumbraba recibirle don Lope, creyendo hallarle allí.

No se engañó, don Lope se paseaba con la cabeza inclinada, estaba sumamente pálido y sus ojos rodeados de un círculo azulado, indicaban que había pasado una mala noche.

—Santos y buenos días dé Dios a vuestra merced —dijo don Gonzalo.

—Buenos días —contestó don Lope deteniéndose y mirando al recién llegado.

—Perdonará vuestra merced si tan temprano llego a su casa, pero ha sido muy grande mi inquietud pensando en el éxito que habría tenido vuestra merced en su expedición.

—Completo pero bien triste —dijo don Lope suspirando.

—¿Triste, por qué? —preguntó con interés don Gonzalo.

—Escuche vuestra merced —dijo don Lope.


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