Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¡Luis! —gritó con angustia la Apipizca arrojándose como para abrazar a su compañero, esa puerta se abre.

—En efecto se abre —dijo Luis perdiendo su sangre fría, porque la puerta del aposento en que estaban se iba abriendo poco a poco, y se veía en ella una mano que la empujaba.

Ni Marta ni Luis creyeron ya que aquello era una cosa natural. Su imaginación exaltada por el lugar en que estaban, por los recuerdos que tenían y por la hora que era, su conciencia intranquila, y sobre todo, la seguridad de que ningún ser humano más que ellos había en la casa, les hizo creer que aquello era aparición de un muerto.

La Apipizca lanzó un grito de agonía y se desmayó dejando caer el farol que se extinguió.

Luis dejó caer también el puñal y se santiguó temblando como una mujer.

La educación que ellos habían recibido, les hacía más a propósito para sentir una impresión semejante, porque entonces a los niños no se les contaban más que consejas con el nombre de ejemplos, en los que siempre había aparecidos y almas en pena, y no se les decía más para hacerlos callar, que ¡allí viene el muerto!, ¡le coge el muerto! y cosas por el estilo, y estas preocupaciones de la niñez no se quitan fácilmente.


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