Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Luis sintió que alguien entraba en el aposento, y creyó firmemente que era un muerto.

Entonces hizo un esfuerzo supremo, reunió todo el valor que le quedaba, y tomando una entonación grave, pronunció con acento de exorcista aquella solemne frase que había oído decir que se usaba con rigor en casos semejantes, haciendo con la mano la señal de la cruz.

—De parte de Dios te digo, que me digas si eres de esta vida o de la otra.

—Dése preso a la Inquisición —contestó una voz en el aposento, a tiempo que se iluminó todo por la llegada de algunos familiares con faroles.

Quizá Luis hubiera preferido que aquellos hubieran sido muertos, porque los muertos le hubieran exigido cuando más, según las costumbres de las almas en pena de aquellos tiempos, algunas misas, algunas limosnas y algunas oraciones, y le habrían dicho quizá a dónde había dinero enterrado; pero hombres de carne y hueso y además familiares del Santo Oficio, de seguro que no se habían de contentar con tan poca cosa.

Así sucedió; Luis no supo ni qué contestar, y antes que volviera en sí de su asombro, y antes de que tuviera tiempo de reflexionar, estaba ya maniatado.

La Apipizca creyó volverse loca cuando al salir de su desmayo se encontró rodeada de los familiares, a quienes conocía perfectamente, porque hacía apenas veinticuatro horas que aún estaba en su poder.


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