Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Aclarada ya la verdad de los hechos y muy pronto vuestra merced libre, podía presentar sus reclamaciones, y no dudo que se la hará justicia y será indemnizada.

—Felizmente no tengo en México más propiedad que una casa en la calle de la Merced, que su señoría ya conoce, y cuya casa me causa horror porque en ella tuvo lugar la desgracia de mi padre.

—Esa casa, señora, ha sido vendida ya por orden del Santo Oficio.

—¿Y quién la ha comprado?

—Un desconocido, y a vil precio, porque con motivo de los acontecimientos y por el cuento ese de la emparedada, nadie hizo ni siquiera una regular postura.

—¡Hágase la voluntad de Dios!

—Y digo, señora, a propósito de la emparedada, y vea vuestra merced que no le habla el oidor, sino el amigo: ¿qué hay en toda esa leyenda? Porque yo estoy resuelto a salvar a vuestra merced, y necesito saber la verdad.

—La verdad no la ocultaré a su señoría, porque demasiada confianza tengo en su lealtad, y es negocio éste que a todos nos atañe; escuche su señoría.

—Escucho, señora.


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