Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Sà señor; súpelo en la misma noche o a la siguiente, no lo recuerdo bien; pero juzgué que no sabiendo a dónde ella ocultaba esos papeles, era necesario que ella misma lo declarase.
—Muy bien pensado.
—Pero ella no podÃa declarar, estando en la casa, y era necesario, ante todo, sacarla de allÃ, y luego obligarla a confesar lo que sabÃa; ¿es verdad?
—Sà señora, veo que vuestra merced comprendió lo que habÃa que hacer.
—Por tanto, determiné sacar a esa mujer valiéndome del único arbitrio que tenÃa: ¡robarla! Conozco que esto no era bueno; pero en fin, se trataba del servicio de Su Majestad, y el servicio de Su Majestad, es antes que todo.
—Ciertamente.
—Si se hubiera tratado de un asunto que me interesara a mà nada más, quizá nunca me hubiera atrevido a dar este paso; pero por el rey no vacilé y robé a doña Laura.
—¡Ésa es mucha lealtad!…
—Llevéla a mi casa, y allà tuve necesidad de pensar en una medida de rigor, que sin causar la muerte de esa mujer, la obligara por la fuerza a declarar lo que sabÃa, y a decir en dónde tenÃa los papeles.
—¿Y entonces?…