Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¡Hasta el cielo, padre mío! —contestó el Tapado con verdadera fe; y entregándose en manos de los verdugos, comenzó a subir con paso firme la escalera de la horca.
Desde ese instante, separado ya de fray Ángelo, se encontró enteramente solo, y aunque aquello no debía durar ni un minuto, aquel vacío le pareció horrible.
Don Antonio llegó hasta el fin de la escalera, a donde había una pequeña plataforma, y allí se irguió, alzó su rostro al cielo como si pudiera mirar al través de la venda que cubría sus ojos, y exclamó:
—¡Dios mío! Recíbeme en tu seno.
Entre tanto el verdugo pasó por el cuello de don Antonio el nudo corredizo y se retiró; bajó repentinamente la plataforma de la escalera y el Tapado quedó suspendido del dogal.
Aquel cuerpo se estremeció por un instante convulsivamente, y después… nada. Don Antonio de Benavides había expirado.
Al pie de la horca fray Ángelo oraba postrado en tierra.
La multitud guardaba un pavoroso silencio.
Así pasaron dos horas, y sin embargo, ninguno de los asistentes se retiraba, y todo el mundo permanecía estacionado en la plaza.