Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Era que aún faltaba algo que hacer en aquel drama horrible; aún la justicia humana no estaba satisfecha con la muerte de aquel hombre.
Y la gente ávida de emociones no quería perder uno solo de los actos de la justicia.
Y se iba a ajusticiar a un cadáver, lo cual sin duda no era contra el que había sido un hombre, sino contra los que presenciaban la ejecución, porque lo que se iba a seguir no tenía el carácter de un castigo, sino de una advertencia, de una amenaza.
Era decir a los hombres que la venganza de los reyes y de sus representantes no perdona ni a los muertos.
Volvió a colocarse la escalera y a subir la plataforma encima de la cual aparecieron los verdugos con los rostros cubiertos con una máscara negra.
Silenciosamente descolgaron el cadáver de Benavides, y lo tendieron en la plataforma.
Aquello que iban a ejecutar era lo que aún faltaba que ver a los curiosos.
Sin ceremonia de ninguna especie, uno de los verdugos levantó una pesada hacha, y cortó de un solo golpe la mano derecha del cadáver; después hizo lo mismo con la izquierda, y se preparó a dividir la cabeza del tronco.