Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Pero entonces pasó una cosa siniestra; el sol, que había comenzado a dar una luz rojiza y vacilante, que dibujaba informes las sombras, se fue oscureciendo como si una nube densa cubriera su brillante disco.
Todos alzaron los ojos para ver el sol, y en todo el firmamento no había ni una sola nube. El cielo estaba puro y el sol eclipsaba.[2]
Un extraño sentimiento de pavor se apoderó de cuantos estaban en la plaza.
Conmovidos por las escenas que acababan de presenciar, y con lo poco extendidos que estaban entonces los conocimientos científicos en México, el vulgo encontró una misteriosa relación entre aquel hombre que acababa de morir, y aquel astro que velaba sus rayos.
Todos pensaron que la muerte de un inocente indignaba a Dios, y que aquel eclipse era la prueba del desagrado con que la Divinidad había visto el sacrificio.
En un momento la gran plaza quedó desierta porque las gentes temerosas se retiraron a sus casas, y sólo la tropa, los verdugos y fray Ángelo permanecieron en sus puestos.
Cuando la cabeza de Benavides fue separada completamente del tronco, ningún curioso había ya que la viese.