Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Una de sus manos fue clavada en la horca, la otra y la cabeza depositadas en una caja para ser enviadas a Puebla, a donde Benavides había sido muy obsequiado, y el cuerpo en un miserable ataúd, conducido por unos presos al cementerio.
Soldados y verdugos habían desaparecido, y sólo quedaba en la plaza, un fraile orando al pie de la horca.
¡Era fray Ángelo!