Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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XVII

En donde se vuelve a hablar de don Lope y doña Laura

Casi al mismo tiempo que acontecía esto en la plaza, tenía lugar otra escena triste en la casa de don Lope de Montemayor.

En una estancia, cuyas puertas casi cerradas dejaban apenas penetrar un débil rayo de luz, una mujer agonizaba.

Era doña Laura: de un lado de su lecho estaban dos esclavas y del otro, contemplándola sombríamente, don Lope de Montemayor.

La respiración de aquella mujer era fatigosa, y grande la inquietud que mostraba agitándose en la cama a cada momento, y pronunciando palabras cortadas e incoherentes.

Doña Laura estaba horriblemente pálida y extenuada, era casi un esqueleto; sus ojos hundidos brillaban con un ardor febril, y dentro de su boca parecía pegarse su lengua a las fauces.

Las esclavas procuraban a cada momento componer las ropas de la cama, que la enferma arrojaba en su agitación.

De pronto pareció entrar en un profundo sueño, y quedó tranquila como un niño dormido.

Don Lope, sin apartar la vista de aquel rostro demacrado, permaneció inmóvil mucho tiempo.


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