Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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De repente se escuchó en la calle el sonido de la campanilla del Señor de la Misericordia.

Era que sacaban de la prisión a Benavides para llevarlo al suplicio.

El sonido de aquella campana se fue haciendo cada vez más perceptible en medio del silencio que reinaba en la habitación.

Entonces doña Laura, como despertando, abrió sus grandes ojos y paseó su mirada con extrañeza por toda la estancia.

Pero aquella mirada no era ya la mitad hosca o vaga de un demente, era la mirada lánguida y triste de un enfermo.

Don Lope lo advirtió, y se levantó instintivamente de su asiento.

—Don Lope —dijo con ternura doña Laura.

—Yo soy, señora, yo soy —contestó el joven arrodillándose profundamente conmovido al pie del lecho, y tomando una de las manos de la dama.

—¿Don Lope? ¿en dónde estoy?…

—En vuestra casa, señora, en vuestra casa.

—¿Pues qué es esto?… ¿qué ha sido de mí…? ¡He soñado cosas horribles…! ¡Pero no sé… no puedo recordar…!

—Dejad eso señora, reposad, que bien lo necesitáis…


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