Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¡Ah…! ¿qué es eso? —exclamó doña Laura oyendo con esa delicadeza de oÃdo que tienen los moribundos, la campanilla del Señor de la Misericordia—… ¿qué campana es esa?
—Es una procesión —contestó don Lope tratando de distraerla.
—No… esa… esa… no es procesión… esa… es la… campana… de los… ajusticiados… ¿a quién…?
Doña Laura apenas podÃa continuar, y con su mano delgada y pálida procuraba hacer señas a don Lope para concluir la frase.
Bien comprendÃa el joven de lo que se trataba; pero no querÃa contestar directamente.
—Dejad eso, señora —decÃa— cuidad sólo de vos, de vuestra salud. ¿Os sentÃs mejor?
—SÃ, me siento bien, muy débil… pero mis recuerdos… ¿en dónde estaba yo?… en mi casa… luego unos hombres… me sacaron… una mujer… doña Inés, eso es… doña Inés…
—Señora, no recordéis eso, que son sólo delirios de una fiebre y que tomáis por cosas reales.
—Puede ser… puede ser… pero esa campana… todavÃa la escucho… ¿quién?… habÃa un hombre en peligro… de muerte… ¿quién era?… ¿quién…?
Don Lope miraba con ternura a la dama, como siguiendo el hilo de aquellos muertos pensamientos.