Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Doña Laura quedó pensativa, y luego exclamó:
—¡Ah!… ya recuerdo… Don Antonio… de Benavides… ¿ya lo van a… matar?
Don Lope calló y la dama calló también, y duró el silencio por mucho tiempo.
El sol comenzaba ya a eclipsarse, y las sombras iban envolviendo el aposento.
—¿Anochece?… —preguntó la dama.
Don Lope, extrañando aquella oscuridad, consultó su muestra.
—Es extraño —dijo— son apenas las tres.
Y levantándose, se dirigió al balcón; en la calle reinaba la misma oscuridad, se veÃa pasar a la gente que volvÃa espantada de la ejecución de Benavides y del eclipse.
—Don Lope —dijo doña Laura.
—Señora —contestó el joven, volviendo a su lado.
—Venid cerca de mÃ; siento un extraño vigor en mi cuerpo y en mi espÃritu.
—Será que os aliviáis.
—No, don Lope, no; éste será el último resplandor de una lámpara que se extingue: ¡don Lope, yo me muero!
—¡No digáis eso! —exclamó espantado el joven.