Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¡Sí, yo me muero, no sé de qué! ¡No lo sé! Pero yo me muero.

—¡Señora!

—No me interrumpáis, oídme: yo amé con delirio a un hombre, y ese hombre murió de una manera trágica. Le lloré toda mi vida; pero os conocí, me amásteis, y casi estaba a punto de corresponder vuestro amor; Dios no lo permitió y me hizo perder la memoria, y el espíritu de Mallades viene por mí; soy su esposa ante Dios, y no podía permitir que amara yo a otro hombre, tiene razón… ¿comprendéis? tiene razón; perdonadme, si pude alentar vuestras esperanzas, yo misma me engañaba… pero él me llama… adiós… don Lope… no me olvidéis… rezad por mí.

Y doña Laura, como fatigada de aquel supremo esfuerzo, dejóse caer en el almohadón de la cama y cerró los ojos.

Don Lope tomó una de las manos de la dama y la llevó a sus labios.

Pasó un rato, y don Lope miró el rostro de la dama, y se estremeció; tocó su frente, y estaba helada.

El joven lanzó un grito: doña Laura había dejado de existir.

En este momento cortaban el cuello en la plaza al cadáver de don Antonio de Benavides.


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