Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Dios te lo pague; me quedo.

Domingo se volvió a entrar y el Señorito salió a la calle y se dirigió a la casa del oidor.

No era cierto que fuesen las diez, pero a don Guillén le convenía que su amigo estuviera ya sin cuidado, porque las muchachas debían entretenerlo a cualquier costa toda la noche.

El Señorito entró a casa del oidor y les dijo a los lacayos:

—Domingo no viene y voy yo a acompañaros en su lugar.

Como los lacayos sabían la amistad tan grande entre Domingo y don Guillén no extrañaron esto.

—Como que ese pícaro está en una casa con unas muchachas como estrellas, ¡y buenos vinos! Aquí le saqué de ventaja una botella: daremos un trago a su costa.

—Bebamos —dijo un lacayo.

—Pero aquí no; no nos vean los amos, en la calle.

La invitación se aceptó tácitamente, y los tres salieron fuera del zaguán.

Allí comenzaron a beber, y muy pronto se agotó la botella.

—Aún quedó más —dijo don Guillén sacando una segunda.


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