Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Los lacayos, que comenzaban a turbarse, dieron tras la segunda, y luego tras la tercera: don Guillén iba prevenido.

Entonces ya aquellos dos desgraciados estaban incapaces de moverse.

Don Guillén les dio todavía más, hasta que los dejó como dormidos.

—Arreglados —exclamó, y sacando un pequeño silbato, lo hizo sonar suavemente.

Como evocados por un conjuro, al oír aquel silbato, dos hombres aparecieron de entre las sombras.

Don Guillén habló en voz baja con ellos, y los tres entraron a la casa del oidor y se sentaron al pie de la escalera.

El portero, que en esta hora fiaba la custodia del zaguán a los criados de doña Inés, descansaba sin pensar en ellos.

Sonaron las diez y media y a poco bajó por la escalera doña Inés, enteramente cubierta con un mantón.

Los dos hombres que habían llegado con don Guillén ocuparon el lugar de los lacayos, y la dama sin verlos casi se entró a la silla, mientras don Guillén encendía el farol en el cuarto del portero recatando su rostro con el sombrero.

Doña Inés se recostó en su asiento, corrió las cortinas de las ventanillas, y se dejó conducir indolentemente.


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