Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Entonces sÃ, ya doña Inés comprendió que pasaba algo extraño: al principio creyó que alguno de sus criados habÃa preguntado por ella y con objeto de saber quién era, antes que pensar en salir de la silla, levantó una de las cortinillas, precisamente por el lado en que veÃa la luz del farol.
Al momento desconoció la casa y el rostro de su conductor.
—¿Qué es esto? —exclamó con espanto.
—Salga su merced, señora —dijo el Señorito abriendo la puerta de la silla.
Doña Inés salió, paseando en derredor sus miradas, y procurando conocer el lugar en que estaba y las personas que le rodeaban.
Pero al principio le fue imposible.
—¿Pero qué es esto? ¿En dónde estoy? ¿Quiénes sois vosotros? —decÃa.
—Señora —contestó el Señorito— veo que vuestra merced continúa con la mala memoria de siempre; yo ayudaré sus recuerdos; esta casa es la misma de vuestra merced.
—¡Mi casa!
—SÃ, la casa en donde murió el señor marqués.
—¡Dios mÃo! —exclamó doña Inés reconociendo la casa.