Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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XX

En que se llega al fin de esta verídica historia

La silla de manos conducida por los hombres que seguían a don Guillén marchó por las calles de San Francisco, hasta la plaza principal, allí pasó por el puente que se llamaba de Palacio, y se dirigió para la calle de la Merced.

Como doña Inés vivía en una calle inmediata al Colegio de San Gregorio, no le pareció que había caminando mucho; además, las cortinillas iban corridas, y ella no se ocupaba de ver para la calle en razón de que como entonces no había alumbrado en México, todas las calles parecían iguales en la oscuridad.

Así llegaron hasta la casa en que había vivido el marqués de Medina.

Un hombre embozado hasta los ojos en una gran capa negra esperaba en la puerta, y al ver llegar al Señorito preguntó:

—¿Viene?

—Sí —contestó don Guillén.

—Pues entrad —dijo el hombre abriendo la puerta por donde penetraron los que llevaban la silla.

El zaguán volvió a cerrarse inmediatamente.


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