Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Los criados se retiraron. El muro no dejaba descubierto más que el rostro de doña Inés.

—Vámonos —dijo fríamente don Lope— don Guillén, venid conmigo, yo os haré curar; quería castigaros, pero Dios os ha castigado ya.

—¡Oh! —gritó con espanto doña Inés— ¿me vais a dejar? ¿Voy a quedar así, sepultada en vida? ¿Aquí? ¿Sola? ¡Oh! no tendréis ese corazón; por Dios, no me dejéis.

Don Lope tomó del brazo al Señorito, que caminaba con la cabeza inclinada y con paso trémulo e incierto.

Los criados les siguieron.

Entonces los gritos de doña Inés fueron espantosos; tenían más del aullido de una fiera que de la voz humana.

Don Lope, don Guillén y los criados salieron de la bodega y uno de éstos cerró la puerta.

Poco después estaban en la calle.

Dos noches después, un hombre que pasaba por el canal en una chalupa en las altas horas de la noche, oyó salir de la casa del marqués de Río Florido tristísimos gemidos.

Se santiguó devotamente; aquella debía ser una alma en pena.

En aquella casa espantaban.


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