Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Doña Inés al principio no tenía ojos sino para ver al Señorito, no pensaba sino en insultarle.

—Ya estoy en el suplicio —exclamaba— mírame, Guillén; gózate en mis dolores y en mi muerte; abre los ojos, ¿no me ves? o es que no hay luz; pero no la habrá ya nunca para ti, nunca, ¿lo oyes? nunca.

Y aullaba y reía como una loca.

Pero de repente el hombre que la tenía sujeta la abandonó; el muro estaba ya casi a la altura de su pecho.

Una reacción espantosa se verificó en el ánimo de aquella mujer. A su ira sucedió el pavor, y a los insultos y a las amenazas, el llanto y las súplicas.

Los criados seguían alzando el muro sin hacer caso de lo que ella decía.

—¡Por piedad! —exclamó doña Inés— no cerréis el muro, dejadme vivir: ¡oh! no me matéis así, tenedme aquí una semana, un mes, un año, dos, si queréis; pero que no muera yo; mirad, don Lope, que yo no hice morir a doña Laura; mirad que aquí puedo quedar suficientemente castigada; pero no me dejéis morir: ¡ah! ¡por Dios! debe ser una muerte horrible, en la desesperación más espantosa; ¡por Dios! ¡por Dios! ¡ay! ¡no quiero! ¡no! ¡no! ¡no!

Y procuraba derribar el muro, que subía ya hasta la altura de su cuello.

—Dejadla —dijo don Lope.


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