Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Don Guillén apartó sus manos; don Lope acercó la luz y lanzó una exclamación de espanto.

La daga de doña Inés había pasado sobre los dos ojos del Señorito, casi en línea recta, y los dos ojos habían sido divididos casi por mitad.

—¡Ah! —gritó doña Inés que no había perdido ni uno solo de los movimientos del Señorito— Guillén, ¿ahora verás mis tormentos? ¿Ahora te gozarás en contemplar mis agonías?

El Señorito nada contestaba.

—Estás ciego, ciego para siempre, ¡infame! Más te valiera haber muerto, como yo voy a morir, contenta, contenta porque me he vengado.

El Señorito dio como loco un paso hacia donde escuchaba la voz de doña Inés, y batió el aire con sus brazos exclamando:

—¡Víbora! ¡Infame!

Y doña Inés rió con una alegría infernal.

Don Lope no pudo ya contenerse; aquella risa le había horrorizado.

—¡Llevadla! —exclamó con voz ronca.

Los criados tomaron de los brazos a doña Inés, y la colocaron en el nicho que había en la pared.

Uno de ellos la sujetó, y el otro comenzó a colocar los pesados cubos de cantería que debían formar el muro.

La operación era tan rápida como sencilla.


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