Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Mío, Inés, es el placer de verte humillada y abatida pidiendo gracia y arrastrándote como una serpiente; mío es el placer de contemplar tu muerte; mío es el placer de mirar tu agonía y tu angustia, eso es mío.

—Pues bien, si eso es lo único que tienes y lo único que quieres, yo te lo quitaré, yo te impediré contemplar ese espectáculo…

Y diciendo estas palabras, doña Inés se lanzó rápidamente sobre don Guillén, se vio brillar como un relámpago la pequeña lengua de acero de una daga, y don Guillén lanzó un grito y llevó las manos a los ojos.

—¡Sujetadla! —gritó don Lope.

Los criados se arrojaron sobre doña Inés, y comenzó entonces una lucha terrible.

Aquella mujer se defendía como una leona, procuraba herir, morder, escaparse de las manos de los lacayos que la tenían sujeta, y gritaba y aullaba, y maldecía como un condenado.

Por fin, los criados lograron quitarle la daga y atarle los brazos por detrás.

Entonces don Lope se dirigió al Señorito, que permanecía inmóvil cubriéndose los ojos con las manos.

Al través de sus dedos brotaba la sangre.

—¿Estáis herido? —preguntó don Lope.

—Sí, mal herido.

—Quitaos las manos, examinaré…


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