Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Monstruo? ¿VÃbora? Guillén, sÃ, seré lo que quieras, pero todavÃa asÃ, monstruo o vÃbora, te he honrado con alzarte hasta mÃ; a ti, miserable; a ti, que no eres más que la hez más inmunda de la sociedad, te desprecio y óyeme bien: nada me importa lo que tengo que sufrir, nada me importa ya la horrible muerte que se me prepara, porque no eres tú el que me la das, porque tú no eres para el hombre que me mata más que lo que eras en otro tiempo para mÃ, menos que un criado, menos que un esclavo, un perro, un miserable, digno del desprecio…
—Doña Inés, di cuanto quieras que no lograrás hacerme enojar; perro y miserable, pero tú has sido mÃa, y por amor.
—¡Por amor! ¡Ah! ¡Guillén! He sido tuya porque las mujeres de mi clase se entregan por orgullo a seres viles y abyectos a quienes convierten en instrumentos de placer o de diversión, pero sin que esto pueda disminuir ni por un instante el desprecio que se tiene a esos miserables.
—Y esos miserables al fin se vengan.
—¿Se vengan? ¿Y esta venganza es tuya, perro esclavo? ¿Tuya? ¿Qué podrÃas haber hecho tú, sino arrastrarte como un reptil a mis plantas para pedirme una limosna? ¿Tuyos son esos criados? ¿Tuya es esta casa? ¿Tuya es siquiera la idea del tormento que me espera? ¿Qué es tuyo aquÃ?